Generalmente se piensa que la educación debe de situarse lo más lejano posible a la religión y su anhelo de trascendencia. Sin embargo, esta perspectiva parecería situarse en un contexto totalmente lejano a la circunstancia posmoderna que orienta los derroteros actuales de las sociedades. Hoy en día no caben, por lo menos en la teoría, lugar para los absolutos radicales: la cultura no debe ser impositiva, sino dialogante e inclusiva.

Fachada principal de la Catedral de Milán
La casa de todos
Tomemos como ejemplo una ciudad colmada de bellas manifestaciones de arte religioso. Si bien el Centro Histórico de Oaxaca, en México, cuenta con por lo menos una docena de edificios sacros virreinales de notable valía, pocos alcanzan la belleza de la Basílica de Nuestra Señora de la Soledad. Se trata de una antigua construcción localizada en las proximidades de la Catedral, justo frente al tradicional Jardín Sócrates. Su arquitectura data de 1690. Cuenta con un gran portal en forma de biombo y sobresale por la manufactura delicada de sus relieves y la perfección de sus esculturas.
La Basílica de Nuestra Señora de la Soledad es una de las más relevantes muestras del barroco mexicano, y conjuga un gran merito estético con la profunda religiosidad que se desprende de su sublime atmósfera. En el interior se atesoran varias obras de arte novohispanas de notable virtuosismo como por ejemplo, las inspiradas en el éxtasis de San Agustín, María Magdalena, Santa Teresa, Santa Catalina mártir, San Jerónimo y Santa Úrsula.
Enseñar el cielo
Las manifestaciones artísticas contenidas en la Basílica de Nuestra Señora de la Soledad, al igual que las del arte sacro en general, deben ser ponderadas por dos aspectos capitales: su anhelo de trascendencia, esto es de un deseo por sublimar la existencia, y de su apertura a todas las personas.
El cielo que exponen los artistas sacros debe ser del ideal que rija a las sociedades del nuevo milenio: un espacio de cultura y comunicación orientado hacia los aspectos más profundos de la realidad, justamente allí donde se gesta la aventura de lo humano, donde todo lo instaurado cobra sentido. El arte sacro es bello, no porque tienda sus alcances hacia lo divino, sino porque lo hace apoyándose en la mundana y humana inventiva, capaz de pensarlo todo, en realidad.
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