
El turismo como recurso educativo
La naturaleza en la tierra
Muchas veces el abuso en las perspectivas cientifistas acerca de la naturaleza, en especial en su posible abordamiento tecnológico, lo único que consiguen es alejar a los seres humanos de su ser más profundo, ese que lo hermana con los átomos y las estrellas. Un ejemplo perfecto para comprender que existen otras maneras de acercarse al mundo lo tenemos en la zona arqueológica de Chichen Itzá en Yucatán, México. Justo allí se encuentra el observatorio prehispánico conocido con la denominación española de El Caracol.
Por medio de varias características arquitectónicas: vanos de umbrales, nichos, ventanas, vértices y escalinatas, los antiguos sabios mayas ofrecieron en el edificio de El Caracol una disimulada cartografía sideral. Cada uno de estos detalles de construcción aluden las posiciones de los diversos cuerpos celestes: el Sol, la Luna, Venus, etc., de acuerdo a los ciclos temporales que cumplen. Además en los tiempos en que fue erigido, El Caracol podía señalar las salidas y ocultamientos de las estrellas más brillantes del firmamento.
El mundo es un caracol
Curiosamente, en el nombre español que se le dio a este observatorio maya tenemos un acierto insospechado. Es factible comprender la experiencia humana del cosmos como en la forma de una espiral: el logos de un universo es un caracol, como el observatorio maya, que deja ver lo más grande de la realidad, los ámbitos siderales, pero también permiten contemplar en sinuosa perspectiva la hondura de la percepción humana.
El observatorio maya El Caracol de Chichen Itzá nos deja ver de las cimas a las simas del ser. Esta podría ser una excelente orientación para toda tentativa educativa y cultural: expresar la ilimitada posibilidad del ser en el ser religante de lo humano