En la antigüedad, las ninfas eran consideradas como seres misteriosos que habitaban en las montañas, los ríos, los bosques y otros lugares silvestres y remotos. Posteriormente se veneró a ninfas en hogares, los templos y las ciudades. Mitógrafos de ese tiempo señalaban en ellas el don de la inmortalidad, otros, solamente una longevidad extensa. Lo cierto es que su presencia llenaba de sentido la realidad de las personas de esos días.

Las musas de la Antigüedad jugaban el papel mítico de inspiradoras
Defender este bastión de otredad, presente en cada objeto de lo real, debería de ser un elemento imprescindible de todo empeño educativo, puesto que cada tentativa por develar el universo, perimitiría que otra se llenara de enigma y de misterio, lo que preservaría un espacio de libertad para el pensamiento y la creatividad.
El sentido de la educación
Muchos planes de estudio, si no es que la mayoría, tienden a centrar su propuesta en un pragmatismo a ultranza, buscando impartir una formación marcadamente productiva a las nuevas generaciones. Esta circunstancia no ha de ser improcedente o censurable de por si, a fin de cuentas, la educación es una dinámica social que se debe por completo a la comunidad que le da vida.
Pero a la larga, constreñir la mentalidad de la juventud, en primera instancia, y a la sociedad en general después, desencanta excesivamente los aspectos más profundos de la realidad. Y esterilizar así la imaginaria de la humanidad, deshacerse de todo su valor simbólico, agota las perspectivas de transformación y desarrollo, consumiendo los afanes de crecimiento y búsqueda de la felicidad.
La educación del sentido
Revivir la presencia de las ninfas en el mundo de hoy, equivaldría a educar tanto pragmáticamente, como hermenéuticamente el sentido de los seres humanos, para abstraer, tanto como imaginar, y para simbolizar, tanto como para deducir, los fenómenos de la realidad. Así entonces, la irreductibilidad, el saber preservar una nota imaginable en cada objeto a estudiar, respetar la esencia enigmática de su manifestación, puede ser el modo como una posible educación hermenéutica, puede rescatar la posibilidad de escuchar la voz de las ninfas, colmando de magia y de color todo pensamiento y cada sueño.
La voz de las ninfas acaso nunca ha dejado de escucharse, sino que se ha ocultado, ludicamente, en otros sonidos, para estimular la voluntad de los humanos por identificarla, y escucharse en ella de nuevo, diferentes, por completo.
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