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Escrito por Ademir / 15 Octubre 2008
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Las razones de enseñar (II): la razón positivista
Continuamos esta exposición sobre las motivaciones últimas de la actividad didáctica, pero ahora, desarrollándolas a partir de la perspectiva positivista, siempre enfocada hacia la certidumbre de las ciencias y de la lógica.
El Pensamiento Positivista alberga una concepción educativa característica
El Pensamiento Positivista alberga una concepción educativa característica

En general, la racionalidad positivista nos ofrece un modelo de educación fundamentado en la naturaleza fáctica de la realidad, sin embargo, no ya desde un punto de vista metafísico, como aquí se vio anteriormente, sino más bien desde un enfoque racional de tipo científico. Y de este modo, la educación se concibe como orientada al estudio exhaustivo de los fenómenos de la naturaleza, precisamente aquellos eventos que pueden ser comprendidos utilizando las leyes que gobiernan a la física del mundo; y por otra parte, las maneras de socializar a los humanos a través del conocimiento.

La educación desde la ciencia

Si se analiza el acontecimiento de lo educativo, desde un cariz científico-empírico-analítico, se pueden obtener señales precisas que nos guíen al hallazgo de las razones de educar, no tal vez las únicas, pero si las más provechosas y productivas.

Entender cabalmente las leyes de la naturaleza que orientan la conducta humana y la estructuración de los espacios sociales- a la vez que una efectiva lectura de las vías más adecuadas del conocer- nos proporcionarán datos precisos acerca de la verdadera utilidad de la educación. Porque para poder lograr hacer posible lo anterior, es vital respetar la certidumbre fáctica de la naturaleza, y atenerse fielmente a una perspectiva científica, puesto que así se obtendrá el necesario progreso (hoy más que nunca, en sombríos tiempos globalizados) de las instituciones escolares

La objetividad racional como piedra de toque

Dentro de la racionalidad positivista, el sujeto pedagógico es planteado como quien es capaz de adaptar su parecer a la evidencia física, al talante objetivo del mundo, al orden causa-efecto de la realidad. Pero siempre considerando que este orden sólo puede obtener sus más adecuados criterios de delimitación acerca de sus límites y posibilidades de transformación, únicamente en el modelo de las ciencias experimentales.

Esta perspectiva, para los defensores de las ciencias humanas, las disciplinas del espíritu y de la tradición de pensamiento hermenéutico-dialogal, parece insostenible ya, en épocas en la que el edificio de las construcciones de pensamiento abstractas (piénsese en la economía simplemente, que expone una decadencia incontenible y desesperanzadora) parece obsoleta. Sin embargo, para los positivistas, un individuo que se precie de considerarse educado, es quien se aviene con lo experimentable, que no niega la certidumbre de los hechos materiales de la realidad, que es capaz de investigar racionalmente que tiene los pies bien puestos sobre la tierra para hacerla marchar hacia un progreso infinito.

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