La preciosa pintura renacentista elaborada por Fra Angélico, “La Anunciación” (en cualquiera de sus versiones) nos brinda una pauta para desarrollar la visión de lo educativo, que comentamos someramente en las líneas anteriores.
La anunciación: el susurro de la otredad
Ir a la escuela, tomar clase, implica más que solo cumplir con cierto requisito académico, o por lo menos debería ser valorado de una manera más honda. Aprender acerca del mundo, por medio de las lecciones escolares, o estudiando por cuenta propia, es escuchar el auténtico susurro de la otredad, la anunciación misma de lo divino, en el ser. La realidad es más vasta de lo que pueda pensarse, enseñarse o aprenderse acerca de ella.
La manera más holística de acercarse a ella, de intentar abrazarla, es a través de una tentativa de reflexión hermenéutica que no solo nos haga entender cómo funcionan todos sus procesos, sino también lo que estos desarrollos naturales se prolongan en el interior de nuestra alma y hacen un eco de su enigma insondable, a través de nuestra racionalidad, del mundo humano ex-presado.
El sentirse únicos en lo Uno
Pero además, los delicados trazos llenos de luminosidad con los que Fra Angélico plasma el bíblico episodio del anuncio del ángel Gabriel a María, acerca de su futura maternidad divinal, pueden simbolizar que en cierto sentido, educarse es aceptar de igual manera a como hizo María, el privilegio de sentirse únicos en lo único. Porque la realidad es una red de interpretaciones en permanente interrelación, y cuando estamos en clase, el mundo entero se gesta en el intercambio de acercamientos intelectuales, diálogo continuo y fecundo, acerca de su naturaleza.
Esa concientización acerca de la valía, de la consideración personal acerca del mundo, solo la educación nos la puede otorgar. Aprender es un cierto decirle “sí”, a lo divino, para dejar que se exprese en su diversidad inagotable, a través de la voz propia, e igual para todos.