Educación

Educación y turismo

Escrito por Ademir / 17 de agosto de 2009

Viajar es muy placentero, puesto que nos permite olvidarnos de las circunstancias de la cotidianidad habitual y sorprendernos con los diferentes atractivos de los destinos a visitar. Pero el turismo también es un recurso educativo, y esto mucha gente lo sabe, aunque probablemente no hasta qué punto. Conozcamos de qué manera la actividad itinerante, está vinculada con una valiosa dinámica formativa.

Viajar abre la mente de cualquiera

Viajar abre la mente de cualquiera

Las limitaciones en el aprendizaje aparecen cuando damos todo por sentado. En el momento en que comienza a tenerse la impresión de que todo se sabe, el impulso del aprendizaje se angosta, y la inteligencia se sofoca en su propia sed.

Muchos mundos en uno

Si bien las tendencias del pensamiento contemporáneo, han estado encaminadas a la construcción de libertad demarcando sus propios alcances discursivos desde un enfoque vivencial, tal intento ha resultado altamente teórico, y muy alejado de la simple experiencia personal.

No obstante, los viajes nos brindan esta cara posibilidad: la de hacer mundos del mundo, y por lo consiguiente, experimentar la inmensurabilidad inherente al conocimiento humano. Nada se encuentra dado de antemano cuando todo se va forjando al ritmo del asombro y el sano maravillarse ante el mundo. Aprender viajando es como un re-conocer permanente, es decir un aprendizaje al doble, potencializado por la energía pura del existir.

Heródoto como ejemplo

Tomemos el caso del ilustre viajero griego Heródoto. A este venerable personaje se le ha considerado el fundador de la ciencia de la Historia. Pero si bien, en este último sentido, Tucídides y Hecateo pueden diputarle un tanto ese merito, lo que si nadie ha intentado nunca restarle a Heródoto, es su merito de sabio.

No obstante, hay que observar que si bien la sabiduría de los presocráticos estaba orientada a una exploración poético-metafísica de la naturaleza, y posteriormente, la de Sócrates y los Sofistas estaba encaminada a estudiar los límites de la eticidad del hombre en la polis, la sabiduría de Heródoto, menos sofisticada, era por lo menos, más pura: la de la sorpresa ante los procesos del mundo. En sus múltiples viajes, Heródoto se fascinaba a tal grado con cada nuevo pueblo, costumbre y característica del flora y fauna que conocía, que lograba que su creatividad y su razonamiento se entreveraran; y así, en sus escritos nos obsequia con una mezcla de fantasía y realidad que no es creación literaria, sino una auténtica creación de sí en la escritura, de cara a lo abierto del ser.

La educación puede aprovechar este sentimiento vital que Heródoto en sus viajes, cuya derivación es nuestro turismo de hoy, nos lego para cimentar nuestra civilización e identidad cultural.

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